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Dolores Sanchéz tiene 80 años. Ocho décadas de vida, de historias, de pérdidas y de lucha. Hoy, sin embargo, enfrenta una de las etapas más dolorosas de su vida: la vejez completamente sola.
Su esposo ya falleció. Su hija, la persona que Dolores imaginaba que estaría a su lado cuando las fuerzas comenzaran a faltarle, se fue y la dejó atrás.
Dolores ya no tiene a nadie.
No hay quien toque su puerta para preguntarle si ya comió. No hay quien prepare un plato de comida, quien acomode un lugar para que pueda descansar o quien simplemente se siente a su lado para hacerle compañía.
Los días pasan en silencio, y la soledad se ha convertido en su única compañera.
Dolores vive en una casa muy humilde, sin las condiciones básicas que una persona de su edad necesita. Ni siquiera cuenta con un colchón digno donde descansar su cuerpo cansado.
Y lo más doloroso es que muchas veces tampoco tiene comida.
Dolores siente hambre.
Come cuando consigue algo. Cuando no hay nada, tiene que esperar. Esperar que alguien pueda ayudarla. Esperar que aparezca un poco de comida. Esperar al día siguiente sin saber si tendrá algo para llevarse a la boca.
A sus 80 años, ya no puede trabajar como antes. Su cuerpo no tiene la misma fuerza, y la edad le impide conseguir por sí sola todo lo que necesita.
Aun así, Dolores intenta salir adelante con lo poco que tiene.
Es difícil imaginar a una mujer de 80 años, después de toda una vida, teniendo que enfrentar el hambre, dormir sin comodidad y cargar completamente sola con el dolor de haber sido abandonada.
Dolores no pide lujos.
Solo necesita lo básico.
Un plato de comida.
Un colchón donde pueda descansar sin dolor.
Un poco de cuidado.
Y, sobre todo, sentir que todavía existe alguien que se preocupa por ella.
Tal vez no podamos borrar todo el sufrimiento que Dolores ha vivido ni devolverle a las personas que ya no están.
Pero sí podemos hacer algo para que no se sienta olvidada.
A los 80 años, nadie debería tener que enfrentar el hambre y la soledad de esta manera.
Dolores todavía está aquí.
Y todavía estamos a tiempo de demostrarle que, aunque la hayan dejado sola, ella no tiene por qué terminar su historia sintiéndose abandonada.
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